Tenía 19 años. Abrí mi computador en el apartamento en el que vivía en esa época en Bogotá. Resulta que había un “Cyberlunes”. Día de descuentos, algo así como un black Friday virtual. Decidí buscar tiquetes y encontré dos opciones buenísimas. San Andrés ida y regreso a $150.000 pesos colombianos o Leticia a $170.000 pesos colombianos. Llamé a Carmensita, mi madre y le pregunté qué destino escogería si fuera yo. Sin dudarlo un segundo, como buena mamá costeña dijo: Hija, pero si tu no tienes novio. Qué pereza irse sola a San Andrés (risas) yo me iría para la selva. 

No se diga más. Y compré mi tiquete para seis días a Leticia por $170.000

Nota: No he vuelto a conseguir un tiquete a ese destino por ese precio tan económico

De antemano, quiero aclarar que las fotos que van a ver son de hace mucho tiempo. 

Al llegar busqué una empresa de tours para poder cotizar todos los lugares a los que quería ir. El guía me recomendó la “Reserva de Marasha” que queda del lado de Perú y aunque no estaba en mi radar decidí decir que sí. Hasta el sol de hoy, ha sido uno de mis lugares favoritos en todos mis años viajando. 

Se respira paz, se puede hacer kayak en medio de la selva y se come delicioso. Además, justo en ese lugar tuve uno de mis más lindos aprendizajes. 

Antes de subirme a la lancha para llegar a la reserva, el guía me presentó a una señora que ya no recuerdo su nombre. Acababa de jubilarse y decidió regalarse un viaje a Leticia. Nos hicimos amigas de inmediato. Llegamos a la entrada de la reserva y ahí nos dieron unas botas para poder caminar una hora aprendiendo de árboles, hongos, animales y naturaleza hasta llegar a las cabañas donde pasaríamos el día. 

Ya en la reserva nadamos, anduvimos en kayak, en lancha, en hamaca hasta la una pe eme que nos servían el almuerzo. Recuerdo que era una cafetería grande y sólo estábamos las dos. A los minutos llegó una mujer con pantalones largos, camisa manga larga y un sombrero de selva. Nos sonrió y se sentó lo suficientemente lejos de nosotras. 

De pronto, llegaron los meseros con una pequeña torta y cantándole el cumpleaños en coro. Yo no lo podía creer. Que hace una señora de “edad” sola en la selva celebrando su cumpleaños. La curiosidad me mataba y como poco sufro de pena, decidí acercarme. 

La felicité y le sonreí. Ella me sonrió de vuelta y atrevidamente le pregunté cuántos años cumplía. 50, me dijo. Yo abrí los ojos automáticamente. Y ella con todo el amor y la paciencia de tener una joven en aprendizaje al frente me dijo.

Yo sé lo que te debes estar imaginando. Pues te cuento, no estoy divorciada ni viuda y de hecho, tengo dos hijas hermosas de tu edad mas o menos. Simplemente, quise pasar mi cumpleaños sola, disfrutando de mi y volviendo a un lugar que me encanta. Mi familia sabe y apoya mi decisión, aunque parezca loca. Las personas muchas veces usan las navidades para evaluarse y yo me pregunto ¿Por qué mejor no autoevaluarnos el día del cumpleaños? Finalmente es el día en que celebramos la vida. Así que aquí estoy sola, tranquila y feliz. 

Terminó contándome que no sabe como los del hotel se enteraron porque ella no lo había comentado con nadie. Al rato nos dimos cuenta que fue al momento del check – in en las cabañas de la reserva que con su cédula lo notaron y quisieron sorprenderla con un detalle. 

Sabías palabras. Algún día quiero hacer esto que ella está haciendo hoy. No recuerdo su nombre, pero recuerdo perfectamente su cara, su sonrisa, sus palabras, su tranquilidad. 

Nueve años después. Estaba planeando mi cumpleaños sola a las afueras de un hotel en Salento, Quindío. Hablé con mis amigxs y familia para hablarles de mi plan. Ya todos están acostumbrados a mis arranques así que me felicitaron y me desearon un bonito día. 

29 de septiembre. Siete a eme. Abrazo mi almohada con fuerza y me levanto para abrir el blackout de mi habitación. Me recibe un día precioso, soleado y con los sonidos de la brisa pegando en los árboles frente a mí. Salí a la terraza para respirar, para agradecer estar viva, pero también para hacerme muchas preguntas sobre mi vida. Fue ahí, cuando decidí preguntar a los míos: ¿Qué cosas admiran de mí? Y ¿Qué cosas debía mejorar? Les pedí que se tomaran la actividad muy en serio, pues quería de verdad evaluarme, escribir y ¿Por qué no? Intentar siempre mejorar. 

Recibí cada una de las respuestas con amor, gratitud y respeto. Hubo muchas respuestas parecidas entre mis amigos. Bandera de alerta. Debía revisar cosas que no había notado o que no quería notar pero que ellos sí veían en mí. Fue un ejercicio liberador, retador y que te recomiendo que hagas en algún momento de la vida. A veces las personas a tu alrededor son las que te pueden hacer caer en cuenta de tus errores y de enaltecer tus cualidades. Apóyate en ellos. 

Durante el día fui a una actividad con el hotel de caminata, ríos, cascadas y fiambre a la orilla del agua. La pasé increíble con desconocidos. 

Al llegar al hotel, decidí leer un rato, escuchar la música que me hace feliz y cantar mi cumpleaños con una torta de vino y el recepcionista del hotel que fue quien me ayudó con el recuerdo de mi gran día, las fotos. 

Le pedí que buscara dos cucharas y que se sentara conmigo a probar la torta. El con mucha pena casi no logro que se sentara. Empezamos a hablar y cuando sintió mas confianza me comentó que llevaba tres años trabajando en turismo y que le encantaba. Yo como les dije antes, no sufro de pena y atrevidamente le pregunté cómo había hecho durante la cuarentena. 

Inmediatamente sus ojos se aguaron. Tuve que recoger café Señorita Jacinta, dijo. 

El resto de la historia se las contaré en la siguiente entrada, pues parte de esta conversación me hizo tomar la decisión de viajar específicamente a un lugar para poder ponerme en los zapatos de aquel recepcionista querido que decidió confiar en mí. 

La noche fue tranquila. Un baño de agua tibia y mucho por agradecer y sonreír. 

La vida misma ya es un regalo. 

Abrazos de oso, 

Jacinta 

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